La utilización de la ortesis en el tratamiento de los trastornos de la espalda data de mucho tiempo atrás. En el año 200 a.C Galeno intentó corregir las curvas escolióticas mediante un vendaje envolvente sobre el tórax. La ortesis vertebral aún continúa siendo un pilar fundamental en el tratamiento de las afecciones de la columna. El objetivo de estos dispositivos es limitar el movimiento, corregir la deformidad y reducir las cargas sobre la columna. Diversos factores influyen sobre la capacidad de la ortesis para
conseguir estos objetivos.
La anatomía del paciente tiene una importancia fundamental al considerar la ortesis vertebral. La primera consideración es el nivel vertebral afectado. Los subgrupos de la columna habituales (cervical, torácico y lumbar) pueden subdividirse a su vez en las regiones atloaxoidea (C1-C2), cervical media (C3-T1), torácica (T2-T10), tóraco-lumbar (T11-L1), lumbar (L2-L4) y lumbo-sacra (L5-S1). En general, es más difícil inmovilizar mediante la ortesis los extremos cefálico y caudal de la columna. Otros factores anatómicos son la constitución corporal y el estado de la piel. La ortesis requiere contacto con la piel y la adaptación al contorno corporal para conseguir la inmovilización. En los paciente con un exceso de peso, puede ser difícil adaptar la ortesis. Anomalías de la piel, como la piel delgada de los pacientes reumáticos o la propensión a las úlceras por decúbito en los sujetos que presentan afección neurológica, pueden precisar modificaciones en el diseño del corsé o en el material de fabricación.
Los factores biomecánicos que influyen en la elección de una ortesis son el grado de inestabilidad, el grado de deformidad y la carga prevista sobre la columna. El conocimiento del plano de deformidad, o de inestabilidad y la previsión de la cantidad de carga o fuerza que actúa sobre la columna son esenciales para elegir la ortesis adecuada. Ningún corsé puede proporcionar una rigidez absoluta de inmovilización. Por consiguiente, los pacientes con una inestabilidad significativa o una deformidad grave, o las personas en las que posiblemente actúen cargas grandes, quizás no sean los candidatos adecuados para la colocación de un corsé.
Los factores fisiológicos que hay que considerar son la calidad del hueso, el estado neurológico del paciente y los cambios de la función de los aparatos del organismo, entre los que se incluyen los aparatos respiratorio, gastrointestinal y renal. A pesar del desarrollo de implantes vertebrales que no necesitan un soporte externo, se puede plantear la colocación de una ortesis en los pacientes con una fijación vertebral interna que presentan osteoporosis o una inestabilidad marcada. Por otro lado, los corsés pueden tener un efecto perjudicial sobre la fisiología del paciente. Se han observado cambios en la capacidad vital con la utilización de las ortesis tóraco-lumbo-sacras en las escoliosis neuromusculares graves.
Las posibles complicaciones del uso a largo plazo son la atrofia, la fibrosis, las contracturas de la musculatura, de las fascias y de los ligamentos vertebrales y abdominales anteriores, la irritación de la piel y la dependencia sicológica.
Los corsés cervicales pueden dividirse en ortesis cervicales y cérvico-torácicos, tales como el collar blando, duro, el SOMI y el Halo (Figuras 1 y 2).
Figura 1. Collar de Philadelphia. Figura 2. Halo chaqueta.
El grado de inmovilización que proporcionan varía con el nivel de la lesión y el diseño del corsé. El collar blando proporciona poca inmovilización y puede actuar únicamente recordando al paciente la limitación del movimiento. El Halo proporciona el mayor grado de inmovilización en todos los planos de movimiento en cualquier nivel de la columna cervical.
La investigación de la eficacia de los corsés en la columna torácica se ha centrado principalmente en el campo de la escoliosis. La utilización de la ortesis cérvico-tóraco-lumbo-sacra o TLSO reduce la deformidad y disminuye las cargas sobre los implantes vertebrales en pacientes operados, estabilizados mediante fijación interna.
La unión tóraco-lumbar (T11-L1) es el nivel donde se produce con más frecuencia la lesión traumática en las regiones torácica y lumbar de la columna (Figura 3).
Figura 3. Corset de Jewett.
Se ha observado que los corsés de la columna tóraco-lumbar son eficaces para el tratamiento de las fracturas. El argumento en contra de la utilización del corsé como tratamiento primario en las lesiones más graves de esta región es el riesgo del descanso prolongado en cama, los aspectos de la alineación y la deformidad vertebral, la importancia de la inmovilización y la rehabilitación precoces, y el dolor crónico y el deterioro neurológico tardío debido a estenosis o inestabilidad. Sin embargo, la utilización de las ortesis en la columna tóraco-lumbar está bien documentada, ya sea como tratamiento primario o como soporte accesorio en el paciente estabilizado quirúrgicamente.
Los objetivos biomecánicos de la inmovilización externa de la columna son la inmovilización, la estabilización, el mantenimiento o corrección de la deformidad y la disminución de la carga articular. La inmovilización del tronco, el aumento de la presión intra-abdominal y la modificación de la función de la musculatura del tronco han sido considerados como posibles mecanismos de la función de la ortesis lumbo-sacra o LSO (Figura 4).
Figura 4. Corset LSO
El grado de inmovilización de la columna lumbar varía en función del diseño del corsé. Las ortesis más rígidas utilizan una fijación en tres puntos para limitar la flexión y la extensión. La fijación en tres puntos se crea aplicando fuerzas proximales y distales al segmento que se debe inmovilizar. Para conseguir la fijación en tres puntos se utiliza unas tercera contrafuerza de dirección opuesta.
En resumen, la utilización de un soporte externo en los trastornos vertebrales continúa siendo un método de tratamiento eficaz con una selección cuidados del dispositivo. Puede conseguirse un resultado satisfactorio respecto al alivio del dolor, a la estabilización de la inestabilidad y a la reducción de la deformidad.